Relatos de yoga: la enfermedad te enseña

Hace tiempo que no escribo un artículo, y no ha sido por falta de tiempo. Me gusta escribir y compartir los conocimientos que tengo, pero si hay algo que me resulta fundamental cuando escribo es que lo que os cuento me venga del corazón. Por eso considero que los mejores consejos que os pueda dar vienen de mi propia experiencia.

Como ya sabéis, estuve un mes en la India donde estaba haciendo prácticas clínicas en un hospital ayurvédico, a la vez que practicaba yoga y pranayama de forma diaria. Decidí hacer un poco de turismo en la zona de Delhi los últimos tres días del viaje. El último día cogí una gripe y lamentablemente tuve que hacer el viaje de vuelta a casa con fiebre alta. Me recuperé en unos días, pero a los diez días después de volver a Barcelona comencé a tener problemas gastrointestinales derivados de un parásito. Sólo recuerdo haber tomado alguna pastilla contra la cistitis cuando era adolescente, pero ahora me tocaba por primera vez un tratamiento con antibióticos de 7 días con dosis altas. Mejoré bastante, pero tuve una recaída de malestar unos días después, por lo que acabé ingresada una mañana en Urgencias en el Hospital Clínic por falta de flora intestinal tras el tratamiento antibiótico.

Hace dos semanas que estoy en fase de recuperación de fuerzas y de los seis kilos que perdí desde el viaje. Mi práctica de ashtanga yoga es de seis días por la semana, pero con todo esto llevaba ya un mes y medio sin poder hacer mi práctica habitual, teniendo en cuenta también que durante mi estancia en la India practicaba yoga según un sistema distinto al que practico normalmente.

Así que, hace dos semanas, volví a la shala donde practico tras una ausencia de dos meses y con ganas de recuperarme, volver a la normalidad y sentirme yo otra vez. Me sorprendió lo bien que evolucionaba en cuanto a la retoma mi práctica… hasta el miércoles pasado. Me levanté de la cama con mareos y sabía que la práctica, como siempre, me ayudaría a equilibrarme de nuevo. Pero esa mañana realmente sufrí en mi esterilla: perdí el equilibrio unas cuantas veces a punto de caerme, las torsiones me provocaban dolores profundos en el intestino y el hígado y me costó respirar de forma suave, regular y profunda. Me vino una ola de emociones, desde la frustración y la impotencia hasta la tristeza por sentir que ‘había perdido’ todo lo había construido y creado durante los últimos años desde que me sané de mi ansiedad y depresión.

Y sí, mi cuerpo está débil y necesita un tiempo para volver a la normalidad en cuanto a sus funciones, fortaleza y apariencia. No es poco lo que había pasado el último mes y medio. Pero de alguna manera mi mente y mi ego no recordaban, o bien no querían recordar ese punto tan importante: la mente simplemente se fijaba en lo que había en la esterilla hoy a nivel físico, comparándolo con un día de ‘buena práctica’, es decir, un día sin distraerme, concentrada, presente, respirando profundamente y moviéndome en armonía con mi respiración. Pero mi estado de esa mañana no tenía nada que ver con los demás días, pues nos suceden cosas distintas en la vida cada día y tenemos formas diferentes de tratarlas o enfrentarlas, experimentando cambios en nuestro estado mental constantemente.

Sé que la práctica de yoga significa cesar la fluctuación de la mente (yoga chitta vritti nirodha), pero me he dado cuenta de que muy pocas veces nos acordamos de eso cuando pisamos nuestra esterilla.

Esa mañana no pude hacer más de la mitad de mi práctica y en un principio me lo tomé como un ‘golpe en la cara’, una señal de debilidad y lenta recuperación. Al salir a la calle para ir a trabajar se me cayeron unas pocas lágrimas al sentirme tan ‘débil’, sumándole la frustración que sentía cada vez que me ponía mi ropa, viendo que me quedaban grandes hasta los leggings tras estar tan delgada y notando que las personas que me rodean y me quieren expresaban sus preocupaciones por mi pérdida de peso. Estaba cansada de no poder subir unas escaleras sin agotarme y comer con normalidad, digiriendo mal, levantándome cada mañana con náuseas, vértigo y acidez cuando nunca había tenido problemas semejantes.

A los pocos minutos me di cuenta de que mis pensamientos no eran lógicos, ya que había estado enferma más de un mes. Sería raro estar completamente bien físicamente un día para otro, teniendo en cuenta que normalmente también hay días que me encuentro mejor o peor, sólo que en este caso había una razón más obvia y física detrás de mi malestar. Y me confesé a mí misma que en realidad la cuestión era que no quería aceptar mi estado actual.

Y es cierto que soy de esas personas que siempre tira adelante, queriendo dar el máximo en todo lo que me apasiona. Ese miércoles me había enfadado conmigo misma considerando que no había dado el máximo. Esto era el verdadero problema al que no me quería enfrentar: la auto-exigencia y la perfección. Siempre he sido de complexión delgada y durante mi vida había recibido comentarios bastante destructivos de otras personas y eso ahora me afectaba seguro, aparte de mi complejo de haber estado extremadamente delgada en el pasado por un buen período tras mis hábitos tóxicos, mala alimentación y sinceramente, la falta de amor propio.

Al darme cuenta, me puse a llorar, sintiendo alivio y libertad, diciéndome a mí misma que no pasaba nada, que el esfuerzo no se ve únicamente reflejado en el resultado, sino también, y quizás incluso más, en la voluntad, la aceptación y el contentamiento con lo que eres, haces y tienes (santosha). Aun así pasé tres días llorando en mi esterilla teniendo que acortar mi práctica de yoga, pero era más consciente de mi situación.

Lo que quiero decir con esto es que, aunque parezca que nuestra práctica de yoga es física, sobre todo cuando comenzamos a practicar, esta herramienta es tan profunda que cuesta encontrar la verdadera lección en lo que hacemos, después de 7 años sigo sintiéndome como una principiante y con conocimientos de un granito de arena en todo un desierto. Te garantizo que el yoga te enseña mucho más de lo que puedes pensar ahora: en un principio puede ser que la práctica parezca sólo física, pero con el paso del tiempo te das cuenta de que te moldea, te forma y te hace crecer. Y aunque haya días que sientes que lo que haces es inútil, seguramente son esos mismos días que estás aprendiendo más sobre ti mismo que otros.

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